El hombre afortunado

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 Llevaba un hacha en la mano, de acuerdo con la hipótesis del detective Roswell, quien definitivamente estaba muy inquieto al ver a la pequeña niña, esposada, y con una sonrisa que dejaba ver un halo de satisfacción y felicidad.

De repente, el detective se despierta lavado en sudor, sus pómulos están rosados y su angustia lo tiene prácticamente en vela. Esa era la imagen que no podía borrar de sus pensamientos, nada tenía sentido para el detective Roswell. Son las tres de la mañana, suena el teléfono y Roswell contesta ansioso:

-Roswell- El interlocutor se escucha dubitativo, aclara su garganta, el detective se impacienta.

-Marcel, primero no me permiten ver la escena del crimen y ¿ahora me llama a la madrugada para arrepentirse? – Se escucha la respiración de Marcel.

-Roswell, este caso está tornándose bastante complejo, tengo a mis superiores respirándome en la nuca… y me han pedido que es mejor que se mantenga a raya en esta ocasión… –

Lo que acaba de escuchar deja al detective desconcertado, es en ese momento cuando termina de convencerse de que la vida es totalmente una estúpida contradicción. Cuelga el teléfono sin muchos ánimos y se levanta de su cama.

El detective camina hacia el estudio, allí tiene una gran biblioteca, es evidente que es un lector asiduo. Prende el reproductor de música, suena Vivaldi, trata de aclarar sus ideas, se torna algo existencialista. Sus pensamientos son desordenados, intenta ante todo mantener la neutralidad, pero ¿cómo lograr hacerlo frente a un homicidio perpetrado por una niña de 7 años? Tan sólo con recordarlo el cuerpo se le estremece.

Toma los archivos de la investigación, han pasado meses y aún no se concluye nada… Roswell lo sabía desde el día en que entró en aquél penthouse en la quinta avenida, no sería tan fácil. La gente de la alta sociedad es realmente más oscura de lo que muchos piensan, el dinero les sirve para apagar el fuego de sus más malévolos actos y su porquería más inconcebible. El problema es que la pequeña niña no es hija de los asesinados, ese es el punto más difícil de digerir. ¿Cómo llegó la niña a cometer esta masacre?, ¿cómo una mente inocente y joven puede siquiera maquinar estos actos?

En sus cavilaciones y escuchando el movimiento de Verano de Vivaldi, de inmediato sintió admiración por aquella niña. Sí, porque él deseó acabar con su tortura, fue víctima del abuso constante de sus padres, peligrosos e inolvidables, aún, a sus 45 años, trillan en su memoria frases como “¡Eres verdaderamente ridículo!” “¿no te da pena tener el cabello así?” “Cómo puedes salir con una chica si bailas como una garza”

En el fondo, Roswell está convencido que un par de latigazos hubieran sido mejor llevaderos que las cicatrices que quedaron en su autoestima, esas frases y palabras ofensivas que no dejaban más que un fuerte rencor y resentimiento.

Pero Roswell no quería delatar a la pequeña, no tenía la autoridad moral de hacerlo…

Un fuerte rayo de luz despierta al detective Roswell, quien mira la hora y sale apurado a ducharse y tomar un café, el día presagia que va a ser muy largo.

Ya en el centro siquiátrico, Roswell espera a su llamado para reunirse con la pequeña niña. Mira detenidamente el lugar e imagina las circunstancias que llevaron, a las personas que se encuentran recluidas, a terminar en un punto de demencia y locura. Él no es conocedor del tema, pero sí un creyente asiduo de que el ser humano se hace a partir de que es concebido y dado a luz.

En eso, llega la pequeña niña, con un conejo blanco de peluche aferrado a su pecho, y el dedo gordo de su mano izquierda en la boca. El detective Roswell se sorprende al ver a una niña bonita, tierna y consentida frente a él. La enfermera que la acompaña los invita a sentarse en una pequeña sala que hay al costado derecho del lugar.

Roswell no sabe a ciencia cierta cómo iniciar la conversación ni como tratar a la pequeña sospechosa, no sabe nada acerca de niños a pesar de que tuvo tres, es evidente que fue un padre ausente por la forma torpe de intentar el acercamiento con la pequeña.

Para su sorpresa, la niña no duda en decirle que quiere comer helado, Roswell no sabe qué responder así que le pregunta a la enfermera si tienen helado, ella asiente y se retira para traerle uno. De inmediato, la niña cambia su semblante, se ve experimentada, oscura, calculadora.

-La única manera de zafarme un rato de esta mujer… – dice la niña mientras mira a su alrededor para no ser evidente.

El detective Roswell no puede creer lo que está viendo, no puede hablar, si antes no sabía qué hacer ahora sí que menos.

-Lo siento algo nervioso… no lo culpo, yo fui así en algún momento de mi vida… verá no todo lo que vemos es lo que deberíamos ver…

Mariana se inclina hacia él, aun con el conejo apretado contra su pecho, se le salen unas lágrimas, que ahora destilan mucha tristeza y agonía. El agente Roswell está estupefacto de ver la extravagante personalidad de su principal sospechosa y le acerca su mano para presentarse.

-Mucho gusto… – la niña lo interrumpe.

-Mariana – le contesta la pequeña niña mientras se limpia las lágrimas.

-Mucho gusto Mariana, yo soy el detective Roswell, vine para que habláramos un poco de lo que sucedió con tus padres… quiero que sepas que lo siento mucho…- Mariana lo interrumpe sarcástica.

-Ahórrese las formalidades, finalmente yo no lo “siento” tanto así que puede relajarse.

-O querrás más bien hacerte la fuerte conmigo- le sigue el detective.

-Mire detective sé que usted sabe lo que yo se y lo deduje ese mismo día que me sacaron esposada de esa mansión, su mirada era muy sincera y reflexiva, podría decirse que usted es el único que entiende el por qué, pero bueno usted no está aquí para hacerme una terapia sicológica… cuénteme, ¿para qué soy buena?

El detective se deslumbra con la madurez de la pequeña asesina, todo parece indicar que lo que hizo fue premeditado, que sabe muy bien las consecuencias de sus actos, pero mejor aún, es capaz de enfrentar lo que venga, no le tiene miedo a tomar decisiones y a buscar su felicidad, por así decirlo.

-Mariana, por más que lo intento aún no entiendo por qué la muerte… es decir, sé que como seres humanos tenemos un límite de resistencia y fortaleza mental, pero no crees que esto se hubiera resuelto mejor de manera civilizada. – Mariana se ríe con la ingenuidad de Roswell.

– Así que cree que no soy resistente… en verdad sí que lo soy, pero llega un momento en que es uno mismo el que debe darle fin al sufrimiento, lamentablemente pensar en que otros nos van a ayudar es simplemente un pajazo mental, ¿me entiende?, estas personas quisieron adoptarme no por mi condición, sino por la condición de ellos, por sus banalidades y egos, pero resulta que el simple hecho de ser negra los hizo libres de “comprarme” y hacer con mi vida lo que les diera la gana… – Mariana se le acerca a Roswell- y resulta que la única que puede hacer lo que se le de la gana con mi vida, soy yo misma.

El detective Roswell ve en Mariana una niña hermosa, que hubiera podido tener una niñez feliz, pero el constante maltrato la llevó a vengarse de quienes le robaron la vida, esto lo dice todo…

-Para serle muy sincero, no sabía que era adoptada…- Mariana suelta una carcajada sarcástica.

-Pensé que era más inteligente- lo mira Mariana inquisidora.

-A decir verdad, Mariana, lo que yo sé de usted es más real aún… no sé si esté en la capacidad de saberlo.

Mariana queda desconcertada, hasta el momento pensaba que lo sabía todo.

-¡Estoy en la capacidad de todo!, de hecho nada me puede sorprender más…

El detective Roswell se le acerca y baja el tono de voz.

-Mariana, aunque la luché muchísimo y fracasé, aunque quise sacármela de mi vida y no lo logré, nunca pensé que sería de esta forma que la volvería a ver… me siento un hombre afortunado… – Mariana no entiende lo que el detective le está intentando decir.

-¿un hombre afortunado?… mire detective sé que todo esto es una total locura y por eso estoy aquí… ¡pero tampoco crea que estoy delirando!

-Mariana, yo soy tu padre… y me siento afortunado de saber que la hija que me arrebataron sea quien halla hecho justicia a la muerte de la única mujer que he amado en mi vida, tu madre.

Mariana no pronuncia palabra alguna, tan sólo lo abraza fuertemente y llora en silencio junto con Roswell.

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¿Existir o no existir?… ese es el dilema

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La existencia… es algo tan profundo y realmente difícil de describir, explicar y comprender al punto que supone demasiadas contradicciones humanas. Una de esas tal vez sea el acto de acabar con ella, no porque se juzgue, en mi caso jamás lo haría porque cada uno de nosotros batallamos constantemente con nuestros más profundos demonios.

Y sí, probablemente nos preguntamos ¡¿por qué esta persona decidió dejar de vivir si su vida era soñada!? Pero lo que no sabemos realmente es qué batallaba en su interior. El ser humano es inconforme, y me atrevo a hacer esta generalización pues al final de cuentas es nuestra naturaleza: si tenemos queremos más, si no tenemos envidiamos al otro, y somos insufribles en ambos casos.

La vida no es nada fácil, incluso para los que aparentemente lo tienen todo para ser felices, la “perfección” es fastidiosa e incómoda. En estos últimos años he escuchado casos bastante chocantes, de personas de la vida pública y de la vida cotidiana que deciden un día que ya no vale la pena vivir, en ciertas ocasiones pienso que tal vez tanta vanidad lleva al ser a no amarse y valorarse lo suficiente y es que la vanidad es un concepto bastante profundo al punto de llegar a concluir que si basamos nuestra vida en todo lo efímero que ella conlleva finalmente no le veremos el sentido a la existencia.

Tal vez nos falta más espiritualidad, conocernos más, sentirnos más, vivir los momentos más, aprender a entendernos más, trabajar en nosotros más y no trabajar para nosotros tanto, es decir enfocar nuestra vida realmente en el ser como espíritu, como alma, no como cuerpo físico que un día se deteriora, deja de funcionar y no sirve. Todo se acaba y en eso consiste la vanidad, por eso muchos viven frustrados pensando en como agradarse con cosas externas al ser, en cómo saciar todo lo que el cuerpo necesita, en cómo lograr likes en redes sociales además de cómo lograr llamar las envidias de los demás por lo que ellos aparentemente tienen, poseen y “son”.

La vida puede tener sentido independientemente de lo que otros creen o profesan, lo que sucede es que no sabemos, en la mayoría de los casos, cómo potencializar ese propósito, esa verdadera felicidad que se debería sentir al sólo hecho de respirar, la paz de descansar en la noche o la gratitud de ser padres, de estar con las personas que se ama, de cumplir los sueños, de superar las dificultades… son muchos episodios en la vida, algunos hasta insignificantes, que le pueden dar sentido y propósito.

Siempre quedará la desazón de no haber visto llegar ese momento en que la persona que uno ama conoció o admiró decida arrebatarse la vida, pero como todo, es una decisión totalmente personal e intransferible, puede ser que tuvieron la valentía de no seguir en un mundo que no vale la pena o también puede ser que se sintieron tan solos e inservibles que no quisieron seguir “estorbando”. Sea cual sea la razón, sólo se puede pensar que ojalá esto no se repita más, que las personas que sufren esa desgraciada enfermedad de tristeza, abandono, baja autoestima, y desinterés, logren encontrar una razón de ser y se den la oportunidad de ser ayudados, porque muchos acá estaremos dispuestos a hacerlo.

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Éramos nosotros

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Eras tú, era yo, éramos nosotros, derrumbándonos en el camino, ¿o sería el camino que se derrumbaba frente a nosotros? Todo era confuso… lágrimas, gritos, abrazos, besos. Tal vez no alcanzamos a tomarnos de la mano de verdad, o tal vez nada era suficiente para sostenernos… no lo sé.

Veníamos e íbamos, parecíamos marchantes en medio de un desierto, en medio de nuestras propias luchas y nuestras soledades… aún no entiendo… ¿por qué?

Eras tú, era yo, éramos nosotros, dueños del tiempo. A veces no era suficiente, a veces era demasiado, ¡qué se yo! En el amor el inconformismo disuelve los sentimientos.

A lo mejor era que estando juntos parecíamos ausentes por nuestras angustias y banalidades.

Eras tú, era yo, éramos nosotros, quienes, encontrándonos cara a cara, nos amábamos y nos odiábamos, porque así es el amor: confuso, pasional y verdadero.

Algunas veces pasan los momentos y no los percibimos… o sí, pero las contradicciones y el afán de experimentar y de vivir nos alejan precisamente de sentir.

Era más que un simple robot

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Era más que un simple robot. El detective mira con desconcierto a Cornelia, quien muestra seguridad y convicción con su afirmación.

– ¿Cómo es eso? – pregunta el detective con intención de sacarle más información.

Cornelia se incorpora y lo mira detenidamente. -Porque sentía- dice con una gran sonrisa.

El detective manotea fuertemente la mesa y se pone de pie, camina de lado a lado con desespero. Cornelia se muestra tranquila, dibuja un corazón en la mesa con su dedo índice.

El detective se pasa la mano por la cabeza, intenta comprender la situación y mira a Cornelia con furia. -Sentir…- dice entre dientes y se aproxima a ella lentamente, su mirada cambia.

Se para detrás de Cornelia y lentamente va deslizando sus manos por su torso, por sus pechos, los acaricia, se inclina y le da besos en el cuello, con mucha sensualidad. Los pechos de Cornelia se ponen duros, sus labios se mojan.

El detective se incorpora nuevamente y se vuelve a sentar frente a ella, que se ve caliente, sonríe – Y si ese par de latas sentía… ¿también la hizo sentir a usted? – dice retador.

Cornelia se siente humillada -¿se da cuenta? El problema es pensar sólo con lujuria…-

El detective suelta una carcajada monumental, no puede con el comentario incoherente y contradictorio que está escuchando –¿Y desde cuándo la lujuria no hace parte de su agenda? –

Cornelia lo enfrenta –Desde el día que me di cuenta que es el opio del ser humano-

El detective la mira retador y saca de un sobre unas fotografías de la escena del crimen. Las pone en orden sobre la mesa. Es una mujer en una cama, desnuda, mutilada y finalmente degollada. Se evidencia que tuvo relaciones sexuales antes del crimen. Cornelia rechaza las fotos, no puede contenerse y se vomita al lado.

El detective la incita a hablar. –¿Entonces a esta atrocidad no le llama lujuria?-

Cornelia se recompone un poco, lo enfrenta con rabia –Usted más que nadie sabe quién lo hizo… ¿o es que convenientemente ya se le ha olvidado?-

El detective la mira con furia y le da una fuerte cachetada. –No se le olvide quién es el que hace las preguntas aquí-

Cornelia se toca la cara, intenta pararse, pero sus piernas están encadenadas a la pesada silla en la que está sentada. –Perfecto, entonces responderé a todas sus pertinentes preguntas-

El detective se sienta de nuevo frente a ella, mira una de las fotografías y le pregunta: –¿Por qué generar tanto sufrimiento innecesario, no era suficiente con una muerte fulminante, y ya está? –

Cornelia maneja sus emociones inteligentemente, ya toma otra actitud. – eso mismo pensé yo, tal vez es un acto de rabia y venganza desmesurada, sin lugar a dudas-

El detective continúa el interrogatorio con más tranquilidad. -¿venganza de qué?… ¿qué sucedió?-

Cornelia piensa un poco para responder: -la lujuria… ella fue…- Cornelia continúa hablando firme, aunque de sus ojos salen lágrimas incontenibles. -esto ocurrió por deseo, la carne fue la responsable…-

El detective se incorpora hacia ella enfurecido. – ¿Y desde cuándo el cuerpo de esa mujer fue su mayor deseo?-

Cornelia lo mira desafiante. – desde que usted me era infiel con ella…-

El detective no puede creer lo que acaba de escuchar, está desesperado, es un momento muy difícil de manejar para él, pero Cornelia no quiere dejar de hablar. -… quería saber qué tenía esa mujer para que usted me despreciara y le entregara su viril sexo a ella y no a mí…-

El detective queda desconcertado con semejante confesión, en realidad no se esperaba que Cornelia le revelara algo tan sucio y bajo.

Cornelia transforma su cara, no se puede reconocer -… la verdad debo decir que realmente ese robot sentía y me hizo sentir tanto que su sufrimiento fue el éxtasis más increíble de toda mi vida –

El detective la mira horrorizado, se le salen lágrimas de los ojos. – ¡Cornelia, pero si ella era más que un simple robot!.. ella era mi mujer, el amor de mi vida!… usted tan sólo fue una aventura…-

Susana esperaba

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Susana esperaba sentada en una banca, erguida. Llevaba un vestido largo de seda blanca impecable y su cabellera ondulada recogida por una trenza más bien improvisada con una corona de rosas sobre su cabeza. Su mirada estaba clavada en el firmamento, parecía no estar en sí. No tenía expresión alguna por lo que no se podía descifrar su condición emocional ni anímica.

La tarde estaba en su mejor momento, el cielo intensamente azul, no había ni una nube vislumbrándose. De repente, se posó un pájaro, de color rojo brillante, junto a ella y empezó a cantar, pareciera que la estuviera saludando. Susana, aún en su estado de éxtasis, volteó a mirar al pájaro y sonrió. Le extendió su mano -que evidenciaba sangre fresca entre las uñas, que se veían algo quebradas- como invitándolo a que se acercara sin miedo, el pájaro se vio algo nervioso y salió al vuelo.

Susana no dejaba de sonreír, aunque empezó a volver a la realidad y su rostro fue cambiando el semblante, su mirada parecía oscurecerse a medida que despertaba de su estado de enajenamiento y cada vez era más revelador su rostro. No se hizo esperar un llanto histérico, ahogado y desesperado. Calló al suelo de rodillas frente a una lápida llena de flores frescas en la que aparecía la leyenda Susana Morelia, hija, esposa y madre luchadora y tenaz. Susana gritaba con tanta fuerza que parecía que sus cuerdas vocales fueran a salir volando de su garganta como cuando se revientan las cuerdas de un violín.

En medio de su ataque de histeria, empezaron a sonar unos violines y voces algo destempladas cantando unánimemente una canción de despedida para el alma que había muerto recientemente. Tú nos dijiste que la muerte, no es el final del camino, que, aunque morimos no somos carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos. Nuestro destino es vivir siendo felices contigo, sin padecer ni morir. Susana se acercó al sacerdote que oficiaba el entierro, intentaba hablar, intentaba comunicarse, pero el hombre ni la percibía, ella trató de abrir sus labios, pero no pudo, se sintió totalmente atrapada en su propio cuerpo.

En su acción desesperada por comunicarse con el único ser que teóricamente tendría una relación directa con Dios, empezó a sentir un frío tan intenso, que sería imposible siquiera compararlo con el frío de una noche invernal. Al mirar sus manos ensangrentadas, también se percató que la sangre se estaba empezando a secar. Es entonces cuando su tormento trascendió la agonía, aunque no logró entender sus propios sentimientos sí comenzó a recordar vagamente por qué estaba allí, pero no estaba en realidad y por qué sentía desasosiego en medio del lugar donde la mitad de ella estaba, pero a la vez pedía a gritos no estar.

En su lucha por entender lo que estaba sucediendo y cómo estaba parada frente a su propia tumba, le vinieron pequeños flashes de su desesperada lucha por salir de ese ataúd y cómo rasgó con fuerza y determinación la madera y cómo gritaba con la máxima potencia de su voz para que alguien la socorriera y se dieran cuenta que resucitó de la muerte…

No era fácil, aún intentaba luchar por volver a la tierra y rescatar su vida del sueño profundo. Sin embargo, era demasiado tarde, no quería morir, pero estaba ya muerta, quería resucitar, pero su cuerpo estaba a demasiados metros bajo tierra.

Nunca nadie descubriría que Susana Morelia volvió a la vida cuando la dieron por muerta y que sin explicación científica ni humana era consciente de su condición, la condición más aterradora que ningún humano quisiera afrontar y es que la vida le dio una segunda oportunidad, pero que la suerte no la acompañó en ese suceso y, ahora ella, en alma agonizante, estaría en un limbo eterno que nunca la dejaría descansar ni encontrar la salida entre la vida y la muerte.

Aun cuando intentaba comunicarse con su familia, no logró ningún tipo de comunicación efectiva a pesar de las manifestaciones paranormales que vivían, para ellos siempre fueron señales de que Susana los amaba y quería estar junto a ellos, más nunca entendieron que lo que ella buscaba era salir de esa prisión y que lo que necesitaba era que ellos, como seres humanos con control de la vida, lograran ayudarla a darle fin a su tormento.

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ME CANSÉ DE INTENTARLO

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No es casualidad que me encuentre así: pensativa y ausente, intentando encontrar respuestas sin sentido, o con sentido, ya no lo sé. A veces pienso que perdí las ganas, a veces pienso que saltarme las reglas es la mejor opción. 

Frente a mí tengo este montón de libros, cada uno plasmando su propia verdad, ¿y cuál es la mía? 

¡Lo he intentado todo! Lo he hecho de todas las formas posibles, he escuchado el consejo de mi abuela, de mi madre, de la vecina, y no sé si soy yo o es el instrumento. Lo di todo y me cansé de intentarlo.

Querido arroz, desde hoy he decidido no comprar un libro más sobre ti, desde hoy he aceptado que eres un procesado más del montón, así que igual no te extrañaré, es más te dejo por la quínoa que además tiene proteína. 

¡Hola querido lector!

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Photo by Mabel Amber on Pexels.com

Gracias por pasar por aquí, la verdad amo escribir, incluso desde muy joven, pero como nos pasa a muchos terminamos pensando que nuestro destino está en otro lado. No sé si es tarde, no sé si aún tenga el chance, lo que sí sé es que necesito volver a escribir, y quiero compartir mi proceso, mis aciertos y mis desaciertos. Así que agradezco que me lean, que compartan, que opinen y que disfruten del apasionante mundo de “animal social 27” 🙂